Mama
quiero un perro!!!
¿Cuantas veces hemos oído a nuestro hijo decirnos
que quiere un perro, un gato, o un hámster?
Pero un animal no es un
juguete, hay que cuidarlo y estar pendiente de él
y, aunque sabemos que al principio le gustará hacerlo,
sospechamos que acabará cansándose y seremos
nosotros los que nos tendremos que ocupar del animal. Pero
tenemos que saber que si nuestro hijo es responsable, el
hecho de tener una mascota le comportará grandes
beneficios y, en el caso de no serlo, o no haberlo
demostrado hasta el momento, podrá ayudarle a desarrollar
un comportamiento adecuado.
Tener un animal puede
favorecer en tantos aspectos el desarrollo de nuestro hijo
que es importante, si lo pide, que lo tengamos en cuenta.
El orden de preferencia de los niños suele empezar
por el perro y acabar en el pez, y se debe a la demanda
afectiva que tiene cada animal y a las posibilidades de
relación que ofrece cada uno.
Es importante llegar a
un acuerdo sobre qué animal será el más
indicado. Si el que prefiere el niño no puede ser,
debemos explicarle el porqué y encontrar alguna alternativa.
Y si no podemos hacernos cargo de una mascota, no debemos
perder de vista la necesidad que tiene el niño de
estar en contacto con los animales y ofrecerle alternativas.
Una vez decidido el animal
que adoptemos, tendremos que repartir las tareas que hará
cada miembro de la familia. Este reparto debe tener en cuenta
las posibilidades de cada uno y, por supuesto, la edad del
niño. Nuestro hijo debe responsabilizarse de las
tareas que haya escogido. Si al cabo de un tiempo deja de
hacerse cargo del animal, tendremos que hablarlo con él
para conocer la causa y saber cómo proceder.
En el caso de que la mascota
muera, es importante aceptar la tristeza de nuestro hijo,
entenderla y ayudarle a expresarse. No conviene quitarle
importancia; quizá es la primera muerte que experimenta
y puede costarle un tiempo asimilarlo. A veces, puede ir
bien hacer alguna ceremonia para despedirnos del animal.
Consejos prácticos
Antes de adquirir un animal
es importante que nos informemos sobre éste: necesidades,
alimentación, espacio, vacunas, higiene, comportamiento,
etc.
Partiendo de la edad de
nuestro hijo, será más adecuado un animal
u otro. Hasta los 3 años serán incapaces de
cuidar de un animal pero a partir de los 4 ya podrán
dar de comer o beber (aunque tengamos que recordárselo)
a un animal que requiera pocas atenciones, por ejemplo un
gato, un hámster, un conejo o un pez, e incluso ayudarnos
a limpiar la jaula o la pecera. En el caso de los perros,
lo mejor es esperar a los 6 años y elegir uno de
raza pequeña. A esta edad podrá encargarse
totalmente de su alimentación.
Al adquirir el animal
debemos saberlo todo acerca de las vacunas, los parásitos
y las medidas higiénicas que tenemos que adoptar
para prevenir enfermedades.
Si el animal elegido es
un perro, debemos acostumbrar a nuestro hijo a que lo saque
a pasear.
Está claro que
no podrá hacerlo las tres veces diarias, pero sí
estableceremos un mínimo de una vez cada dos días.
Si no puede hacerlo sólo lo acompañaremos
hasta que sea mayor.
En el caso de no poder
tener una mascota en casa, debemos buscar actividades alternativas
para que nuestro hijo pueda estar en contacto con los animales:
ir al zoológico muy a menudo, a casa de amigos que
tengan perros y gatos, proponerle una estancia de unos días
en una granja durante las vacaciones, etc.
Nuestra participación
en la planificación de las tareas y cuidados que
requiere el animal es imprescindible para que la experiencia
sea constructiva y educativa.
Crearemos, de forma verbal
o escrita, un contrato en el que se establezcan las tareas
de cada miembro de la familia. Al niño puede serle
de gran ayuda tener colgado en la pared o la nevera, una
lista con las responsabilidades de cada persona y los días
de la semana que debe hacer cada cosa. Puede ser que a medida
que vuestro hijo se vaya haciendo mayor tenga más
trabajo en el colegio y pueda encargarse un poco menos del
animal. Si vemos que no tiene tiempo aprovecharemos para
replantearnos las responsabilidades de cada uno y volveremos
a repartir tareas.
Cuando el animal fallece,
lo más importante es ponernos en el lugar de nuestro
hijo.
Tal vez sea la primera
muerte a la que tenga que hacer frente y, como los adultos,
nuestro hijo pasará por una etapa de duelo que debemos
aceptar, entender y apoyar. No cometamos el error de quitarle
importancia: a nuestro hijo no le servirá de consuelo
y además sentirá que no le entendemos.
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